1º MENCION

SERGIO A. GIULIODIBARI
CAMPANA
BUENOS AIRES
ARGENTINA


TRIPTICO DEL MAR

PASADO

He aquí el olvido: la imagen del desierto
se escurre a través de mi puño clausurado
y mis dedos burlan al sol cuando se abren
ante los ojos del silencio.
En realidad, yo deseaba sólo un trozo
de mar
pero en estas palabras lo tengo todo, completo,
inabarcable en cada partícula de historia,
en cada molécula de tiempo
He aquí el olvido de no importa qué días,
siempre vigente, siempre innecesario:
gotas de arena que caen de mi infancia como eclipses,
el viento que atraviesa mi sombra, con olor a puerto,
el océano imposible y cruel, un hueco de soplidos
en el que no caben mis muelles.
Muchos golpes se han sucedido desde entonces
e infinidad de desencuentros; sin embargo
no sé cuantas manos caben
en el tamaño de mi espera
ni qué significa una caída. Apenas puedo
recordar la sal sin nombrarla, deshacerme
de estos años que me besan, que me pesan
con su espuma ausente de lugar.


PRESENTE

No comprendo por qué nombrar al mar
llena mis ojos de melancolía, si el ardor
se derrite bajo el sol inocente de invierno.
Es poco lo que soy capaz de ver
a través de la lente de la vida:
solamente imágenes que se revuelcan
en una trampa de ciudades, en un paisaje
que se me antoja seco, deslucido
ajeno al antes y al después, al viento
y a la calma.
Pienso en un a foto antigua: el médano
se mantiene en su sitio, a pesar de la brisa
que espesa el aroma iodado de la playa.
Y allí estoy yo, mi yo de este día,
en blanco, negro y sepia,
marcando ciertos pasos en la orilla.
No me sorprende el movimiento de las olas
sino sus límites, peligrosos e inciertos,
que modifican el mapa de mi historia
tan rápido como una luz o mi silencio.


FUTURO

Esta Tierra no tiene el sabor de la heredad;
esta tierra es fresca, tal vez virgen,
tal vez incompleta como un suspiro.
Alguna ves soñé castillos en la arena,
arquitecto de un universo inconsistente;
más adelante
cavé pozos interminables e busca de otro mundo,
para sepultar mi destino en otra sombra
y hoy esculpo figuras de mujeres, todas olvidadas,
todas desconocidas a mis ojos.
No se trata de llorar. El mar ya tiene
lagrimas suficientes para hundir mil países
y algunas más para dejar de recuerdo a mis sentidos.
Conoceré, supongo, el ardor de la rompiente en mis pulmones,
el brillo de las algas en mi sien
y el grito de la espuma cuando me anuncie
que la vejez ha concluido.
Probablemente lamentaré no ser y no encontrarme,
no amar más en las orillas a cuerpos sin nombre, no sentir
el agua helada quemar mis talones.
Pero también seré feliz, brillante;
yaceré ahogado en cualquier punto de la tierra;
aun en la selva, aun en la montaña,
con los puños completos de sal.